Rafael Santandreu: «Para eliminar los miedos hay que viajar al infierno voluntariamente»

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Rafael Santandreu (Barcelona, 1969) lleva poniendo blanco sobre negro las estrategias para gozar de una salud mental de hierro desde 2014, cuando público ‘Escuela de Felicidad’. Sus manuales de autoayuda están entre los más vendidos del país y los testimonios de sus pacientes y lectores avalan el éxito de sus métodos.

El psicólogo catalán participa el próximo 8 de febrero a las 19.00 en una nueva cita de los Encuentros ABC en Málaga. Una hora más tarde se trasladará a la Librería Luces (Alameda Principal, 37) para firmar ejemplares de su nuevo libro ‘Sin miedo’, en el que da las claves para superar el pánico, la ansiedad o los trastornos obsesivos compulsivos (TOC).

Publicó su libro Sin miedo el pasado junio, tras casi año y medio de pandemia. ¿Le inspiró la crisis sanitaria?

Lo cierto es que no. Ya estaba trabajando en este libro antes de la pandemia, porque el problema del miedo agudo, que es el que trato en este libro, ya tenía su propia pandemia. Ya iba en ascenso imparable desde hace décadas. Sí es verdad que ha coincidido con que la pandemia ha empeorado increíblemente la salud mental de la gente. Estos trastornos se han disparado de manera exponencial.

¿Es la sociedad consciente de lo comunes que son las patologías mentales a su alrededor?

Ahora quizá se empieza a tomar un poco más conciencia. La realidad es que al menos el 30 por ciento de la población tiene un trastorno emocional. Son cifras increíbles que no se daban hace 40 o 50 años. Es muy bueno que se sepa por muchas razones y un ejemplo muy claro son los casos de trastorno obsesivo compulsivo que trato en el libro. También se le llama el trastorno silencioso, porque la gente que lo sufre raramente le explica a alguien que tiene un TOC. Ni siquiera a sus padres o a su pareja. La gente tarda siete años de media en acudir a buscar ayuda acerca de este tema y viven en silencio una realidad que no entienden, que les está arruinando la vida y que les da muchísima vergüenza admitir.

¿Por ejemplo?

Una persona con TOC tiene unos pensamientos invasivos e indeseados que no le dejan estar. Parece muy raro, pero hay quien se puede estar preguntado todo el tiempo a sí mismo: ¿seré homosexual? Años de su vida en los que el 80 por ciento del tiempo están pensando en eso y es una lástima que no acudan a un especialista y se saquen eso de encima.

¿Hay vacuna para el miedo?

Sí que la hay. La vacuna es educación emocional, inteligencia emocional, conocer estos temas, tu mente y tus emociones incluso antes de que lleguen las adversidades. Esa es la vacuna y yo creo que mis libros tienen esa vocación: intentar que las personas estén muy fuertes a nivel emocional.

Nosotros hemos vivido esta pandemia, que ha afectado muchísimo a la gente, pero a quien estaba muy fuerte a nivel emocional, no le ha afectado casi en absoluto. Incluso se ha convertido en una experiencia de la que aprender. Otra gente, sin embargo, está fatal. ¿Cuál es la diferencia? Que las primeras personas tenían en forma su salud mental, por eso lo ideal es trabajarla siempre.

¿Hay similitudes entre la pandemia y la metáfora de la cloaca que explica en su libro. ¿Tanta exposición hace que la hayamos normalizado?

Sí, y eso no es malo. El ser humano tiene esa capacidad de desensibilización neuronal a las situaciones, a las adversidades. Incluso a los estímulos nocivos. Y eso es muy bueno porque si no la realidad sería insoportable. Pero volvemos a lo mismo, eso sólo te funciona si tu sistema emocional es fuerte.

Habla de la educación emocional como herramienta. ¿La echa de menos en las escuelas o en el entorno familiar?

Las escuelas serían un entorno maravilloso para fomentarla porque cuando más se aprende, de cualquier cosa, es en la niñez. Somos esponjas en esa etapa. Sin duda alguna creo que llegará esa asignatura troncal que sea inteligencia emocional, relaciones humanas o algo así. Si uno puede hacerlo en casa con sus hijos sería maravilloso, pero primero los padres deberían haber hecho ese trabajo previamente.

A los psicólogos a los que doy formación siempre les digo que la única manera de aprender los conceptos que manejamos es que ellos mismos se los apliquen a su vida. Quienes han leído mis libros han aplicado esos conceptos y, al transformarse, inevitablemente se convierten en divulgadores. De hecho, mis libros como más se venden es regalados.

Concede mucha importancia en sus libros a los testimonios y casos reales. ¿Por qué?

La metodología de exposición para superar el miedo agudo es muy dura, porque se trata de exponerte a tus peores miedos una y otra vez. Si la persona no está muy segura de que eso funciona no lo hará. Nadie quiere sufrir en vano. Por eso es muy importante para mí que haya muchos testimonios.

Por lo que dice la fuerza de voluntad es la base de todo…

Para esto sí, para todo no. Hay trabajos de inteligencia emocional en los que la fuerza de voluntad no ejerce un rol importante. En este sí, porque eliminar los miedos agudos es, en parte, viajar al infierno, como Dante, y quedarse allí voluntariamente a desensibilizarse de las sensaciones infernales. Ese trabajo es muy difícil, pero todos dicen lo mismo al final de la entrevista: «menos mal que lo he hecho».

¿Se puede esquivar este tipo se emociones o hay que vivirlas y superarlas?

Las emociones negativas hay que aprender a tolerarlas y de eso no se va a librar nadie. Un ejemplo es la vergüenza. Detrás de casi todas las personas extrovertidas hay un tímido que lo superó. La clave está en conocer y aprender a tener una relación íntima con tus emociones negativas, porque si huyes de ellas al final te dominan.

Los éxitos y fracasos son ley de vida. ¿Se gestionada cada vez peor la frustración?

A nivel poblacional, y esto tiene relación con algunos de mis libros anteriores, es que hay mucha ‘terribilitis’ en la sociedad. Hay mucha neurosis, mucha frustración, enfado, depresión… Todas las emociones negativas están muy elevadas y sería maravilloso que darse cuenta a nivel individual que esas emociones exageradas solo juegan en contra de uno mismo.

Cuando se está en un estado neurótico, uno piensa que esas emociones son las adecuadas y que están dando solución a un problema enorme, pero en realidad lo único que hacen es complicar tu posición y tu situación mental. En primer lugar, te amargas la vida; en segundo, se la amargas a los que tienes a tu alrededor y, en tercero, complicas tu problema.

¿Vienen más blandas las nuevas generaciones?

Absolutamente. A nivel educativo, lo peor que pueden hacer unos padres es impedir a sus hijos madurar y crecer dándoles todo; sin demandarles responsabilidad. Y esto se está haciendo masivamente, lo que da lugar a personas débiles a nivel emocional. Hay una relación directa y las consecuencias de esa filosofía educativa ya se están viendo.

La tendencia a tener derechos, pero no obligaciones…

Es un problema muy generalizado y pasa factura, porque no se dota a las personas de la capacidad de afrontar las situaciones de la vida con normalidad. Esto está detrás, por ejemplo, de la explosión de enfermedades emocional que hay en los niños y adolescentes. No tiene precedentes. Hay un porcentaje de chicos y chicas que están fatal y es duro, porque llegan con muy pocos recursos para afrontar la más mínima adversidad.

Lo más difícil, pero a la vez lo más responsable, es hacer que las personas a tu cargo asuman sus responsabilidades. Todas las que puedan y cuanto más pequeños mejor. Siempre desde la alegría y la positividad, pero no evitando la protección absoluta.

Está abiertamente de la medicación por defecto. ¿Cree que esa mala imagen de la medicación contribuye al tabú en torno a la salud mental y la atención psicológica?

En este ámbito de los psicofármacos se dan las dos situaciones. A veces hay un tabú exagerado en torno a los ellos, como lo hay también en torno a la enfermedad emocional. Es cierto que hay personas a las que les va a ir bien tomándolos, pero desde mi posición como psicólogo creo que se sobremedicaliza.

En el caso de los trastornos de pánico, el TOC y la hipocondría se ve muy claramente. En la medicina de los países más avanzados, como Estados Unidos, Inglaterra y Alemania -cuyo sistema de salud conozco bien-, las guías médicas ya no recomiendan los ansiolíticos como primer fármaco a dar cuando las personas llegan al médico con este problema. En cambio en España todavía sigue siendo el fármaco de elección, por eso es el país del mundo donde se toman más tranquilizantes, que no antidepresivos. Son un arma de doble filo porque por un lado te tranquilizan, es obvio, pero por otro transmiten a tu mente que realmente hay un peligro ahí fuera.

El ‘coaching’ está en auge. ¿Dónde termina la autoayuda y se empieza a vender humo?

Yo estoy a favor de que exista esa disciplina. Creo que puede ser muy útil, pero quizá no estaría de más regularla un poco. Que ellos se regulasen a sí mismos. Es importante que, si tienes un trastorno psicológico, vayas a un psicólogo, que es quien te sabrá tratar mejor, pero para una orientación de tus objetivos vitales o de tu orientación profesional, creo que el ‘coaching’ está bien.

¿Qué aprende de sus pacientes?

Ellos son mi principal fuente de aprendizaje constante porque he visto y veo muchísimos pacientes. Me ocurre por ejemplo con los TOC. Aunque he visto muchísimas obsesiones diferentes nunca dejo de sorprenderme. Hace poco me llegó el caso de una persona que teme no haber entendido bien cualquier frase que le han dicho, y tiene que revisar sus conversaciones continuamente, en un bucle constante.

También he aprendido de ellos el coraje increíble que albergamos las personas dentro, que pueden salir en un momento dado si lo sabes activar. Y por supuesto la fuerza que tiene la ayuda mutua. En los testimonios del libro o los que colgamos en YouTube todos dan la cara porque quieren ayudar a otros.

¿Tiene miedos Rafael Santandreu?

Cuando te has amigado con el miedo, la parte irracional desaparece. Solo queda un miedo ligero, puntual y pasajero. Además, no es un miedo invasivo. Justo antes de la pandemia murió mi padre y pasé cuatro días con una pena aguda que no había sentido jamás. Pero al mismo tiempo fueron muy hermosos, porque la familia estuvo súper unida.

Es decir, ¿puede convivir lo hermoso con los doloroso? Sí, y eso es genial, porque al quinto día mi duelo ya había acabado y estaba otra vez en la normalidad, en la felicidad. Es posible sentir las emociones negativas y que no te impidan seguir siendo feliz. Sé que esto para mucha gente resulta imposible, una contradicción, pero de esto ha hablado la meditación budista toda la vida.

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