Necesitar un Tajo necesario

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Tenía escritas las primeras líneas de este artículo cuando me ha sorprendido la triste noticia de la muerte de Pepe Conde. Aparte la enorme pena por su pérdida, el primer sentimiento que me ha surgido es el del recuerdo. Hace nada menos que cuarenta y cinco años que un buen día de la primavera de 1977, en el Hostal del Cardenal, nos reuníamos él, Manuel Díaz-Marta y yo para fundar el Equipo Defensa del Tajo.

En aquel inolvidable cónclave de toledanismo puro me correspondía jugar el curioso papel de nexo entre dos generaciones. El padre de Pepe, don José Conde Alonso, que había sido Alcalde de Toledo, nada más tenerse noticia de la idea, hecha pública en el murciano Teatro Romea, del trasvase Tajo-Segura, se puso en contacto con su coetáneo y amigo exiliado el toledano Ingeniero de Caminos Manuel Díaz-Marta, en la seguridad de que le aportaría infinidad de razones y argumentos, sobre todo técnicos, para oponerse a un tan descabellado proyecto que habría de ser fatal para la cuenca del Tajo, y muy en particular para Toledo.

A pesar de sus muy diferentes credos ideológicos, la sintonía entre ambos a la hora de criticar muy severamente el trasvase fue total. Así, se cruzó entre ellos una muy abundante y significativa correspondencia. Nada más constituirse el Equipo Defensa del Tajo, Pepe Conde, en el convencimiento de que me podría ser útil, tuvo conmigo la inestimable deferencia de confiarme la mayor parte de esa correspondencia. La conservo todavía como un documento que en esta historia de la lucha anti-trasvase tiene, al menos desde una perspectiva sentimental, un enorme valor histórico.

Era nuestro propósito que aquella modesta iniciativa fundacional fuese el pistoletazo de salida que tuviese tanto de expresión de protesta por la injusta situación que, con el deplorable binomio «proyecto de trasvase/contaminación de las aguas», ya sufríamos, como de estímulo y reclamo para unirse a esta noble causa a toda la población toledana.

El trasvase, con el avance inexorable de sus obras, se iba consumando como letal sentencia de muerte del río y a su vez la contaminación, que ya había alcanzado cotas de oficialidad desde 1972 con la prohibición de baños, iba siendo la implacable ejecución de la sentencia.

Pasaron los años, se alternaban contados momentos de euforia reivindicativa con largos períodos de olvido y apatía, y mientras tanto se iba felizmente consolidando la democracia pero…¡ay!, con ella también nuevas «contaminaciones».

En esa larga etapa, Pepe Conde, sobre todo extraordinario profesional de la Medicina en la especialidad de Nefrología, entregado a ella en alma y vida, requerido para ocupar muy altos cargos en el sistema público de salud, tanto a escala regional como en el Ministerio de Sanidad, ya tuvo que dejar muy relegado a un segundo lugar, a buen seguro que sin decaer un ápice su convicción de la justicia de nuestra lucha, aquel fervor inicial de activista pro Tajo.

Ahora, en el momento de su tránsito es de justicia reseñar y reconocerle como mérito su entusiasmo en aquel primer impulso de movimiento ciudadano que fue el Equipo Defensa del Tajo, y así lo he testimoniado hace unos días bien ajeno a que lo hacía de una forma póstuma.

He tenido ahora la ocasión al contestar a un cuestionario que por indicación de la profesora doña Beatriz Larraz, Catedrática de la Universidad de Castilla-La Mancha, se me enviaba por la también profesora universitaria doña Teresa Muñoz para ser incorporado a la llamada Cátedra del Tajo.

Se trata de una admirable iniciativa que auspiciada por el Grupo de Investigación de la propia Universidad Regional y por la Fundación Soliss ha merecido la adhesión de otras ilustres entidades del ámbito cultural y académico tales como la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas y la Real Fundación de Toledo.

Se declara como objetivo fundamental de La Cátedra la «colaboración con el Grupo de Investigación en la recuperación integral del río» a través de «acciones educativas, de divulgación e información».

En mis respuestas al mencionado cuestionario me detengo hoy en un aspecto que de siempre me ha parecido muy importante para entender la terrible degradación del Tajo, que tiene su expresión más dramática en la escasez y putrefacción de sus aguas en su paso por Toledo.

Me refiero a la más que aparente indiferencia, ya antes mencionada y casi de carácter crónico, con la que esa degradación – trasvase/contaminación– ha venido siendo la tónica, entre la resignación y la apatía, en la actitud de buena parte de la población toledana ante tamaño desaguisado.

Bien visto, y lo he comprendido con el paso del tiempo, resultaba admirable que aquellas manifestaciones de las que en Toledo siempre lamentábamos su escasa participación ciudadana –esa era la espina que siempre nos quedaba clavada al Equipo Defensa del Tajo– estuviesen formadas en buena parte de su totalidad por aquella variopinta clase de gentes. Eran personas que, en el fondo, en lo que pudiera afectar a su «modus vivendi», a sus economías personales, a sus preocupaciones cotidianas, lo que le pasara o dejara de pasar al río, ya ni les iba ni les venía.

Exceptuando algunas asistencias oportunistas, desde luego las más ruidosas, motivadas por ideología política propia del paso de una dictadura a una democracia, la mayoría de los manifestantes éramos en realidad unos entusiastas románticos, movidos de toledanismo puro. Allí no habían resucitado los espaderos, ni los molineros, ni los curtidores, ni tantos otros que en el tiempo antiguo vivieron del río, y que con sus aguas trasvasadas, expoliadas, sin caudal suficiente, infectas de contaminación, habrían visto peligrar sus modestas economías o hasta sus vidas arruinadas y sometidas a un porvenir miserable. Ellos sí habrían tenido mil motivos para manifestarse y quizá hasta para cosas peores. Su vida dependía del río.

Allí tampoco había toledanos que una vez agotada el agua pluvial potable de sus aljibes tuviesen que recurrir al agua del Tajo acarreada por los azacanes en sus borriquillos cargados de cántaros en alguna de aquellas angustiosas sequías originadas por el cambio climático de la época.

A partir de un cierto momento los usos del rio dejaron de formar parte de la economía de la ciudad. Se frustró como suministro de agua potable. Fracasó como cauce navegable. El río dejó de ser necesario para la vida de la ciudad. Aparte algún uso residual –que también acabaría siendo innecesario– quedaba tan sólo poco más que para marco decorativo en que se explayaran solitarios nostálgicos de églogas y paisajes ribereños.

Es bien sabido que una cosa que no se necesita se deja de usar, y una cosa que se deja de usar se deja de valorar. He ahí, a mi modo de ver, la remota causa principal de esa desidiosa apatía que el pueblo de Toledo, como actitud crónica, viene manifestando ante este expolio.

La conclusión para una posible restauración en nuestros días de ese interés colectivo debería ser la recuperación/incorporación de usos vinculados a la actual economía de la ciudad y al empleo de sus habitantes. Nuevos usos que hiciesen inevitablemente necesaria su integridad, la materialidad de la misma, es decir la cantidad y calidad de sus aguas a su paso por Toledo.

¿Podemos pensar en algo distinto o básicamente prioritario que hoy por hoy no sea el turismo como columna vertebral de la economía de la ciudad? Deberíamos tener la audacia de incluir el Tajo como un elemento más de la oferta turística, tan importante o más que cualquiera de los que hoy componen el impresionante catálogo del Toledo histórico-monumental.

Están a la orden del día las llamadas rutas y visitas guiadas con distintos itinerarios por el recinto histórico. ¿Porqué no un paseo en barca por el Tajo? Pero un recorrido fluvial a lo largo del río, desde Safont hasta el Río Chico, ¿podría hacerse sobre un cauce de aguas escasas y podridas? Ejecutadas las mínimas y necesarias obras de esclusas, pasos y compuertas en las presas y azudes para facilitar el tránsito de barcazas, ese trecho de navegación por el río tendría infinidad de motivos para ser un irresistible atractivo, exponente máximo como bien cultural y referente histórico de Toledo.

Por citar sólo algunos: «Las Leyendas del Tajo», (Florinda La Cava, La Degollada, La Casa del Diamantista, El Salto del Fraile, El Cristo de las Aguas, La Pesca del Oro…); «El Tajo literario», (Garcilaso, Cervantes, Quevedo, Calderón…); «Genios, Ingenios e Industrias sobre el Tajo», (El Acueducto romano, el Artificio de Juanelo, La navegabilidad de Antonelli, los Molinos harineros e hidroeléctricos, La Fábrica de Armas…)

Incorporadas a los paquetes turísticos y situadas en algunos arenales, (Safont, La Incurnia, El Embarcadero…), eventualmente podrían organizarse actuaciones o exposiciones temporales de «Artistas del Tajo», (músicos, escultores, pintores), para ser visitadas en el paseo fluvial.

El proyectado «Música por el Tajo», que a iniciativa de la Real Fundación de Toledo con motivo de la triste conmemoración del cincuentenario de la prohibición de baños y que tendrá lugar en el próximo mes de junio, podría ser un magnífico precedente. En definitiva, ¡tantos proyectos que como protagonista o escenario podrían tener al Río Tajo como atractivo indisociable de cualquier oferta de turismo de calidad!

Se trata tan solo de unos cuantos ejemplos que no agotan la posibilidad de ese necesario esfuerzo de imaginación para implicar de lleno a la ciudad y para que esos nuevos usos de un río recuperado en cantidad y calidad de sus aguas le conviertan en elemento necesario y hasta imprescindible para su prosperidad.

Es muy de valorar por lo demás que en su mayoría se trataría de usos que para nada se oponen o desdicen de su carácter esencialmente cultural. Mucho menos aún de cualquiera de sus idealizaciones literarias, poéticas o narrativas del rio y del paisaje de su entorno. Más bien todo lo contrario, puesto que incluidos en la oferta turística la mejoran y complementan hasta llegar a tener el mismo e incluso superior valor al que presentan cualquiera de los elementos del catálogo del Toledo histórico y monumental.

En sentido contrario, el grotesco espectáculo casi diario, indigno y degradante, de una inmunda y repugnante atarjea, expuesta a la vista de los miles de turistas que nos llegan con el señuelo de visitar una ciudad «Patrimonio de la Humanidad», debería ser una vergüenza nacional.

Desde la tozuda y todopoderosa presión de los beneficiarios del latrocinio de nuestras aguas ya no se nos podría acusar de patriotismo toledanista, de integrismo histórico o de purismo ecologista. Poco menos que del «lujo» de disponer en el entorno de Toledo de un elemento decorativo prescindible. ¡Gran privilegio!

Han sido «argumentos» frecuentemente esgrimidos. Puestos a alegar «irrenunciables» beneficios materiales, («huerta de Europa», producción hortofrutícola en regadíos intensivos insostenibles, campos de golf, urbanizaciones costeras de alto consumo, etc,), los nuestros, los de nuestro turismo necesitado de la resurrección del Rio Tajo, ¿habrían de ser menos irrenunciables?

Esa necesidad de un Tajo necesario a su paso por Toledo –también en todas las ciudades y pueblos ribereños, cada cual con sus razones– debería empezar a ser línea fundamental de cualquier estrategia destinada a recuperar la integridad de este bien perdido que históricamente ha sido el que ha dado sentido e identidad propia a la vida y prosperidad de todas las poblaciones de su cuenca injustamente expoliada.

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