La brujería ante la Inquisición de Toledo

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El mundo de la brujería engloba cosas muy diversas y hasta contrapuestas: magia (blanca o negra), adivinación, sanación, curanderismo, hechicería, satanismo o adoración del Diablo, etc. Pervivencia ancestral, ha sobrevivido al progreso, la tecnología y la institucionalización de la religión y la medicina. Más allá de las particulares creencias, cumple o trata de cumplir determinadas funciones o servicios. Ha atravesado la modernidad y la hegemonía de la razón y de la ciencia para reproducirse a través de los actuales recursos audiovisuales de la era digital.

Diego Valor, historiador, antropólogo social y también jurista, recoge y analiza numerosos procesos de brujería instruidos por el poderoso Tribunal de la Inquisición toledano, cuya jurisdicción irradiaba a Madrid y buena parte de la región manchega. Con forense minuciosidad presenta 200 casos de brujería en un libro así titulado. Es una obra que expone y analiza, que no juzga ni sentencia. Y que evidencia el gran protagonismo de las mujeres en estos oficios y dedicaciones tan singulares, quizá como mecanismo de compensación a su secular relegamiento en otros ámbitos.

El chamanismo (o poder del brujo/a) era algo muy respetado, imprescindible en las sociedades primitivas, pues el don profético, el dominio de los fenómenos naturales y de las enfermedades contribuían a la supervivencia y bienestar del grupo humano. De las ancestrales chamanas emergieron, por ejemplo, las damas japonesas de palacio, que profetizaban, instruían a las princesas (futuras sacerdotisas) y escribían poesía, tocaban instrumentos , ejecutaban danzas e interpretaban teatro. Artistas totales. En las élites españolas, también hubo casos como la célebre monja que vislumbraba el futuro para Felipe IV o aquella criada del Alcázar, Lucrecia de León, cuyas proféticas visiones y apocalípticos oráculos tanto revuelo armaron en la Corte de Felipe II.

La Inquisición española tenía dos objetivos prioritarios: la uniformización religiosa a través del Terror y la recaudación abusiva vía confiscación de oficio, paralela a la denuncia y previa a todo juicio o sentencia. Judaizantes y luteranos fueron sus ámbitos preferentes de actuación. Contra la brujería se empleó con cierta desgana, en absoluto comparable al ensañamiento puritano de los reformados de Europa central y septentrional (se estima que allí perecieron 50.000 supuestas brujas, mientras que solo una consta como ejecutada en el brasero inquisitorial de la Vega toledana). Hasta los ilustrados del XVIII (Campomanes) fueron más severos, prohibiendo por decreto en 1756 los populares almanaques astrológicos.

Los procesos que Valor presenta en su libro evidencian cómo unas personas con determinado don o gracia, real o fingido, atendían demandas de salud, prosperidad o afecto (léase sexo). Salud, dinero y amor, el tan popular adagio. Todas las clases recurrían a ellas, aunque se advierte un predominio de mujeres marginales o baja condición social en su ejercicio. El autor hace una descripción del funcionamiento del mecanismo inquisitorial, en que queda claro el recurso sistemático y cruel al tormento del reo. Era clave en el proceso, pero no exclusivo de la Inquisición sino propio de toda la justicia, ordinaria y penal, a lo largo del Antiguo Régimen y en todos los países, hasta como poco el XIX.

A continuación, el libro recoge diferentes bloques dentro del variado mundo brujeril, comenzando por casos acaecidos en la alta sociedad: un licenciado con el don de la ubicuidad, autores de cartas astrales para las élites, personas que provocaban la invisibilidad y otras actividades harto curiosas. A menudo, se interaccionan las clases: hacia 1630 un cura prior de Argamasilla de Alba era liberado de hechizos por una mujer apodada La Barreda. Se reproducen gráficos y textos, con sus característicos símbolos, círculos y otras figuras, de los cuadernos de arte mágica, adjuntos a algunos de los procesos y procedentes del Archivo Histórico Nacional.

Siguen la nigromancia (o adivinación a través de los difuntos) y los hechizos de adivinación (habas, naipes, calderos, etc.), con secciones destacadas como los hechizos de amor y el curanderismo, con mucho arraigo en nuestra región. Satanismo y aquelarres, que también los hubo y atendió el celo inquisidor, cierra el libro. Los maleficios por aojamiento y su antídoto, la liberación o protección del mal de ojo, eran prácticas habituales. Hay relatos estremecedores como el de un vecino de Villanueva de los Ojos, entonces del Guadiana, que en mitad de la noche fue cercado por unas mujeres en aquelarre e inmovilizado mágicamente, ‘hecho mármol’”. No faltaba en ocasiones el Macho Cabrío o sus agentes o diabillos menores y un sinfín de duendes o martinetes, generalmente embozados en sus elegantes capas.

Este libro, de próxima presentación en Toledo en el también mágico marco del Castillo de San Servando, consolidado como foro cultural importante de nuestra ciudad, está editado por el editor afincado en Toledo Luis Dévora en su sello Universo Oculto.

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