Felipe VI al céntimo

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Allí estaba el Heredero esperando a que llegara el coche que tendría que recogerlo. Espigado, impávido, un crío rubio de cabellos dorados y pinta de guiri. A mí no me fascinaba él. Me molaban mucho más los escoltas que lo custodiaban y que cíclicamente los mayores del cole llamaran por teléfono para advertir de que los malos acababan de colocar un artefacto explosivo. Un día dentro de una sandía, otro enterrado en el campo de fútbol o, según la imaginación del bromista de turno, la visión prístina de un francotirador embozado en los alrededores. Eso garantizaba unas horas más de patio y que con un poco de suerte te licenciaran del control que ibas a suspender casualmente a la misma… Ver Más

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