El patero del viernes | ‘Pasaporte’, por Antonio Varo

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Desde hace dos semanas lo tengo en mi bolsillo. Como todos los años, desde hace seis décadas, lo llevo con la ilusión y la alegría del niño que dejé de ser, al menos en gran parte, hace ya unos cuantos lustros. Semanas, años, décadas, lustros…

El tiempo es un aluvión de instantes que se van acumulando en el río de nuestra vida, cuyo avance incesante nos empuja de continuo al mar sin orillas de la eternidad. Y en ese aluvión se acumulan y se mezclan el polvo, la ceniza, el barro y las tinieblas, pero también el oro, el fuego, el incienso y la luz.

Lo que venga detrás de la desembocadura dependerá, sin duda, de la proporción en que hayamos concentrado unos u otros de estos elementos. Mientras tanto, seguimos caminando y una vez al año un papel, un simple trozo de papel que guardamos en el bolsillo, nos recuerda quiénes somos y a dónde vamos, qué sentido tiene todo esto.

Aunque ese trozo de papel sólo me sirva una vez al año, un día de cada doce meses, su cálida presencia en mi bolsillo, durante una o dos semanas, es el combustible que alimenta el ser que me fue dado y al que no me queda más remedio que guardar fidelidad si quiero seguir siendo lo que soy.

Porque ese trozo de papel, anualmente renovado, es el recordatorio de aquel primer día −hace ya seis décadas− en que hice uso de mi primer y auténtico, de mi único documento de identidad verdaderamente válido. Lo demás son etiquetas inevitables, pero no forman parte de mi ser.

Es mi ancla y mi clavo ardiendo: en tiempos de turbación −y los que vivimos lo son, qué duda cabe− ese trozo de papel me sirve de cordón umbilical que me ata a una Madre nutricia cuyos comportamientos actuales me desconciertan; sin embargo, he de seguir unido a Ella porque sin Ella no tendría sentido lo que ese trozo de papel representa.

«El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo», dijo un tal Keyserling hace más de un siglo. Desde hace dos semanas, tengo en mi bolsillo un pasaporte mucho más barato para ese viaje: se llama «papeleta de sitio».

Y ese viaje sí necesita alforjas: túnica, cubrerrostro y capa blancos, faja morada, zapatos negros, calcetines negros y guantes blancos. Lo tengo todo preparado para el despegue. Sólo me falta que Ellos, los realmente importantes, sean servidos de visar mi pasaporte a la estación de penitencia.

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