Crecimiento y reto demográfico

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La población humana ha pasado de apenas medio millón de habitantes y una esperanza de vida al nacimiento de alrededor de los 20 años, hace 50.000 años, a los 8.000 millones de habitantes en estos momentos, y alrededor de los 72,8 años de esperanza de vida en 2019. Al inicio de la era cristiana el mundo contaba con 250 millones de habitantes y la esperanza de vida apenas llegaba a los 22 años. Cuando Malthus escribe, en 1798, su ‘Ensayo sobre el principio de la población’, el mundo estaba alcanzando los 1.000 millones de habitantes, con una esperanza de vida de alrededor de 30 años. A partir de ese momento se inicia la etapa de mayor crecimiento de la población mundial, debido a un progresivo y cada vez más acelerado declive de la mortalidad y al mantenimiento de altas tasas de fecundidad. Es un proceso conocido en demografía como la transición demográfica. La teoría de la transición demográfica afirma que las sociedades que experimentaron la modernización progresaron de un régimen pretransicional de alta fecundidad y mortalidad a otro de baja fecundidad y mortalidad. Es el proceso de revolución industrial el que permite ese periodo de crecimiento acelerado y sostenido. En apenas 150 años el mundo logrará más que duplicar su población, alcanzado los 2.500 millones hacia 1950 y una esperanza de vida de alrededor de 47,7 años. Desde esa fecha, hace 72 años, la población del mundo se ha más que triplicado, alcanzando los 8.000 millones a mediados de este mes de noviembre de 2022. Las últimas proyecciones de las Naciones Unidas prevén una población mundial de unos 8,500 millones en 2030, de 9.700 millones en 2050 y un máximo de 10.400 millones de personas durante la década de 2080, permaneciendo en ese nivel hasta 2100. Es decir, en el ciclo de vida de una persona nacida en 1950 que llegara a centenaria, algo cada vez más probable, el mundo que conoció al nacimiento tenía aproximadamente un cuarto de la población que alcanzaría al llegar a cumplir los cien años, y ese crecimiento de la población, entre 1950 y 2050, triplicaría casi el conseguido en toda la historia de la humanidad hasta la primera de esas fechas. La transición demográfica ha generado transformaciones profundas. El declive de la fecundidad, con muchos de los países en vías de desarrollo acercándose al nivel de reemplazo o cayendo por debajo de él, como ocurre ya en gran parte de los países desarrollados, ha provocado y seguirá provocando cambios profundos en la estructura por edades de la población. Por un lado, en una etapa temprana, la transición demográfica creó en algunos países una ventana de oportunidad, caracterizada principalmente por un gran volumen de personas en edad de trabajar y con bajas tasas de dependencia, lo que favorecía o bien el crecimiento y expansión económica acelerada o la emigración a otros países y el crecimiento a través de los retornos de los emigrantes. El rápido crecimiento demográfico impulsó los movimientos migratorios, y no sólo al exterior, sino también las migraciones del campo a la ciudad, con el resultado inexorable de la urbanización y del progresivo despoblamiento rural. Si hacia 1950 el porcentaje de población urbana mundial estaba alrededor del 30 por ciento, en la actualidad ronda el 55, y en los países más desarrollados supera el 80. Se estima que hacia 2050 el 68 por ciento de la población mundial sea urbana. Esa urbanización, sin embargo, es y será muy desigual. Hay regiones del planeta más urbanizadas, como América del Norte (con el 82 por ciento de su población que vivía en áreas urbanas en 2018) o Europa (74), mientras que Asia se aproxima ahora al 50 y África sigue siendo mayoritariamente rural, con el 43 por ciento de su población viviendo en áreas urbanas, si bien estos dos últimos continentes conocerán un rápido proceso de urbanización de aquí a 2050. Si en 1990 había diez ciudades en el mundo que superaban los diez millones de habitantes, para 2030 habrá 43 ciudades, muchas de ellas en Asia o África. En el medio plazo, la mayor parte de la población mundial residirá en grandes urbes y se concentrará fundamentalmente en áreas costeras. El declive de la fecundidad en el medio y largo plazo también conduce a un proceso de envejecimiento de la población. La población mayor de 65 años está creciendo más rápidamente que la población menor de esa edad. Como resultado, se prevé que la proporción de la población mundial de más de 65 años aumente del 10 por ciento en 2022 al 16 por ciento en 2050. Ello, junto con el aumento de la esperanza de vida, reducirá el tamaño de la familia, permitiendo al mismo tiempo la presencia de varias generaciones viviendo coetáneamente. El declive en la fecundidad también influye en el tiempo que las familias, y en especial las mujeres, dedican al cuidado de los niños, pudiendo destinar gran parte de ese tiempo a otras facetas de la vida, provocando una profunda transformación en el mercado laboral y una creciente incorporación de la mujer al mismo. Finalmente, el incremento en la esperanza de vida al nacimiento, con valores por encima de los 85 años para mujeres en algunos países, provoca que tanto hombres como mujeres pasen un mayor número de años viviendo después de su jubilación, proceso que afecta a las estrategias de usos del tiempo, planificación vital y de ahorro de la población. Sin embargo, aunque hemos tenido un continuo y sostenido incremento en la esperanza de vida al nacimiento, ganándose un año de esperanza de vida por cada cuatro de calendario, tendencia sostenida durante los últimos 150 años, estos crecimientos no han sido igual en todas las regiones del planeta, ni dentro de los propios países, y eso supone un reto muy relevante para las sociedades futuras. Como expone Livi Bacci de su libro ‘Il pianeta stretto’ (Il Mulino, 2015), en 10.000 años de historia el planeta se ha encogido mil veces o, si lo preferimos, está mil veces más lleno. Más de la mitad del planeta ahora está hecha por el hombre, directa o indirectamente; la velocidad de las comunicaciones ha acortado considerablemente las distancias, lo que permite una mayor movilidad, tanto de las personas y las ideas como de los bienes que producen. Una globalización económica, pero también humana y social, con efectos positivos en las relaciones globales, pero que ahora está en entredicho. El enorme crecimiento de la población en los dos últimos siglos ha agravado dramáticamente el problema de la limitación de los recursos –energéticos sobre todo– disponibles; y el hacinamiento urbano también conlleva la intensificación de los contactos entre las personas. Esto supone nuevos retos en el control de riesgos para la salud, como ha mostrado la pandemia del Covid-19, lo que nos obligará a incrementar la eficacia de los sistemas de detección, y de la investigación, en general. La Plataforma de Salud Global del CSIC es un buen ejemplo de esas nuevas iniciativas. SOBRE EL AUTOR Diego ramiro fariñas es director del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC

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